La de los Raros Olores

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Antoñita se levantó temprano. Había venido a pasar unos días a casa de unos amigos a los que no veía desde hace casi 12 años. El fuerte y agradable olor del café la despabiló y disfrutó con deleite del momento. Durante el desayuno hablaron de los planes del día y de hacer un recorrido por la ciudad y por algunos lugares de la comarca.

Antoñita se aseó se vistió y abrió el balcón para disfrutar de la vista de aquella soleada mañana. Nada más salir al balcón un desagradable olor ocupó su pituitaria. ¡Qué horror¡ ¡Qué mal huele¡. Yo acostumbrada a los olores de la ciudad y tener el sentido del olfato embotado con esos olores habituales, quedé sorprendida por la reacción olfativa de mi invitada.

Efectivamente no era la primera vez que otros de mis invitados habían hecho el mismo comentario: ¡Qué mal huele esta ciudad¡ Aquel día el olor era especialmente desagradable. Trate de explicarle que las lluvias del día anterior habían removido los fondos de los colectores, que estaban muy sucios y obstruidos y las aguas fecales y residuales soltaban todos sus aromas que ascendían hasta el balcón de la casa, pero que no era todos los días. Afortunadamente, respondió mi amiga, y cerró el balcón.

Decidimos salir a dar un paseo por el nuevo boulevard ronda que Antoñita no conocía. Al pasar cerca del río, mi amiga volvió a experimentar otro olor nauseabundo parecido al del balcón pero con matices diferentes que no acertó a definir. El olor de los humos fabriles como a huevos podridos, dijo mi invitada, junto con los efluvios del río al que se vierten sin depurar las aguas residuales de toda la ciudad y la comarca, producían unos olores picantes, ácidos, muy característicos, que irritan fuertemente las mucosas.

El olor se extendía y se apreciaba en diferentes puntos del recorrido, con distintos matices y calidades por la falta de vientos y bajas presiones atmosféricas. Nos llamaba la atención que Antoñita todavía no tuviera embotado su sentido del olfato como ya lo teníamos nosotros. Ella llevaba mucho tiempo fuera y sufría de esa agresión ambiental de forma intensa.

Terminado nuestro paseo decidimos acercarnos a la playa más cercana a la ciudad. Un paisaje nostálgico para mi amiga, ausente tantos años. Lo notó muy cambiado y deteriorado por la gran cantidad de construcciones y no menor número de de destrucciones que habían deteriorado el, en otro tiempo, bellísimo paisaje costero.

En el corto paseo por la playa junto a la orilla del mar, de nuevo, olores indefinibles, raros y desagradables, inconfundible mezcla de aguas fecales, residuos industriales y residuales. Trato de disculpar la situación;... que si las obras de saneamiento del río... que si las obras de depuración de las aguas residuales urbanas.... que las medidas descontaminantes de las industrias... que si el pequeño retraso... que si se han gastado el presupuesto en otras zonas más nobles... que quizás para la próxima vez que vuelva. En fin... las disculpas de siempre.

Después de comer en un pueblecito del interior y haber oxigenado nuestro sentido del olfato y de vuelta a la ciudad volvimos a sufrir un choque oloroso. El efecto contraste al volver de una zona limpia, esta vez, nos afectó a todos, pero fue especialmente impactante para Antoñita que de nuevo sufrió los gases y vapores nauseabundos de la ciudad de los raros olores, aunque en realidad es, simplemente, una ciudad que huele muy mal.

Al día siguiente, Antoñita, se marchó y seguro que a la vuelta a su trabajo comentará a sus amistades su fin de semana. No quiero ni pensar que dirá de los olores de mi ciudad. Seguro que nada agradable.

Joaquín Díaz Rodríguez - Abril 2004
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