Torrelavega. Visión Aristocrática

fotonoticia EN LA FOTO: Calle Julián Ceballos

Allá por los años veinte y pico, no llegaba al treinta, un aristócrata catalán pasó por Torrelavega con toda su nobleza (procedía de Comillas), el Sr. Conde de Güell, no sé si era D. Claudio, digo esto por que eran cinco los tal Güell (uno el Barón, otro el Conde, otro el Duque y así, así, así... el Vizconde y el Marqués). Le conocí siendo niño; alto, rubio, distinguido, visera de cuadros, chaqué también de cuadros y bolsillos tapados, pantalón bombacho, medias atoreadas y zapatos de hebilla. Tenia, vamos, bastante buena pinta. Por aquella época, a los que así vestían, que eran pocos, el vulgo callejeril les decía amariconaos.

Pues bien, el tal D. Claudio hace una HERMOSÍSIMA DESCRIPCIÓN DE TORRELAVEGA a su paso por ella, creo que en un flamante Hispano-Suiza, en el que viajaba, casi siempre, acompañado de un hermoso perro blanco con lunares negros, un espléndido y bello dálmata.

La Villa de Torrelavega —ya empieza mal D. Claudio, pues Torrelavega hacía ya una larga temporada que era ciudad— tiene una vega y tiene una torre, pero no tiene nada de bella —todavía existía parte de la Torre en aquellos días del veintipico—. Este pueblo céntrico, en el cual existen caseríos que parecen achicarse, estrujándose, como hacen los indios del Perú con los cráneos humanos, merecerían por su belleza ser colocados en vitrinas de museos. Pero la Villa en sí, no es sino, más que un punto céntrico, es decir, un lugar, que por su condición de equidistante de otros, fue elegido para hacer en él transacciones: comprar y vender, y naturalmente, siendo tan poco poética la razón de su existencia, un simple mercado, es justo que Torrelavega sea vulgar. Nació de un pensamiento tan poco elevado, como lo es el de comprar pagando menos de lo que una cosa vale, o vender cobrando más de su verdadero valor, únicos delicados pensamientos que dan satisfacción al rey de la creación en dicha ciudad.

Así es Torrelavega de feo. Calles polvorientas, que deslavazadamente se van borrando para convertirse en carreteras, plazas desdibujadas destinadas a que en su suelo se extiendan cazuelas, potes, sillas y colchones. Casas pintadas de gris o de color chocolate. Palos telegráficos inclinados árboles con pocas hojas, chiquillos harapientos que se cuelgan de cualquier cosa con ruedas que pase por los caminos. Todo ese conjunto de bellezas envueltas en nubes de polvo. Eso me parece Torrelavega, a pesar de ser como la capital de un encantador valle, verde como una esmeralda, con suaves colinas y jugosas emboscadas de álamos y helechos que señalan poblados encantadores. Solares en ruina, cuyas piedras cuentan recuerdos, hazañas y poesías”. —Vemos como al final D. Claudio lo arregla un poco, porque la primera pasada fue demasiado—.

El artículo del Sr. Conde o Vizconde tuvo la consiguiente replica por parte del inolvidable periodista del Cantábrico, Sr. Segura.

Dice Segura:

A la vista de la descripción que el Sr. Conde de Güell hace de Torrelavega, reunida con carácter de urgencia la Corporación Municipal y por mayoría absoluta han tomado el siguiente acuerdo: NIQUELAR A LOS NIÑOS DE LA TORRE DE LA VEGA para que estén siempre brillantes.

Joaquín Díaz Rodríguez - Abril 2006
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