Manuel Gutiérrez Aragón

fotonoticia Torrelaveguense Ilustre 2000

Una Mirada Escéptica

JOSÉ LUIS BORAU
Director de Cine

Quien un día fuera alumno, y alumno relevante además, no acaba de perder esa condición para su profesor. Han podido pasar los años que se quiera -en el caso de Manuel Gutiérrez Aragón, treinta y siete, nada menos- y uno continúa viéndole desde unos quince centímetros de altura, la misma que podía medir la tarima donde hablábamos entonces.

De nada vale echar cuentas y descubrir con el consiguiente asombro que el antiguo educando es más viejo hoy de lo que éramos nosotros cuando le conocimos. Y de nada, o de muy poco, recordar que en el tiempo transcurrido él ha seguido una carrera profesional brillante, con premios, reconocimientos y cargos bastante más importantes de los alcanzados por uno mismo.

Don Manuel seguirá siendo per secula Manolito, y nosotros seguiremos preocupándonos de cada nuevo paso que dé, aunque no se lo digamos para no irritarle. Sabemos de qué pie cojea, o eso creemos al menos, y sólo pedimos en nuestro fuero interno que no se le note que no se meta en el jardín de turno que salte limpiamente un obstáculo que, a lo peor, él mismo se ha puesto cuando no tenía ninguna necesidad de andarse complicando la vida.

Es de suponer que así piensan también los padres, por no decir las madres con sus criaturas. Ellos, por razones sanguíneas, y nosotros, los enseñantes, con mejor conocimiento de causa, no dejamos de contemplar a nuestros epígonos con esa mezcla de orgullo e inquietud que tanto suele molestar a los susodichos.

En el caso de Manolo, o de don Manuel, como quieran, el fenómeno se agudiza. Primero porque, en el mucho tiempo transcurrido, los dos hemos seguido tratándonos y a veces, incluso, colaborando en proyectos comunes. Y segundo porque el sujeto en cuestión sigue fiel en buena parte, pese a lo que él pueda creer, no sólo a sus puntos de vista -sobre todo a los estéticos- sino al comportamiento.

Por ejemplo, y ya es hora de hablar con alguna corrección, Gutiérrez Aragón no ha podido descabalgarse de la mirada escéptica con que suele afrontar cuanto le rodea. Recuerdo que al repasar el careto de los doce o quince aspirantes a director que me habían tocado en aquel primer curso como profesor de Guión, sorprendí una, la suya, que no dejaba lugar a dudas. Con las cejas enarcadas, yo diría que hasta el techo, seguía mis explicaciones, en silencio y con una extraña inmovilidad. No parecía dispuesto a creerse nada de lo que oía, como adelantándome: "te advierto que no pienso comulgar con ruedas de molino".

Luego descubrí que tamaño escepticismo no se limitaba a mi persona -un profesorcillo joven, cinéfilo hasta las cachas, con lo sospechoso que eso podía resultar a la hora de un planteamiento político correcto y una praxis consecuente, alguien que no tenía inconveniente en reconocer su admiración por John Ford y por Hitchcock cuando, es un decir, los valores oficiales podían ser Zurlini o Miklos Jancsó-, sino que se extendía también a los ardores ortodoxos, y con frecuencia excesivos, de sus mismos compañeros, y hasta si se quiere a la condición de cineasta en general.

Manolo venía del mundo de las Letras, del concepto, del significado y muchas de las películas que para unos cuantos de nosotros constituían el epítome de la expresión cinematográfica, analizadas con un bisturí estrictamente intelectual como el suyo, sólo alcanzaban la condición de fábulas primarias, melodramáticas o insustanciales ¿qué eran si no, a fin de cuentas Notorius, Sólo se vive una vez, ¡Hatari! o Historias de Filadelfia?

Aquel escepticismo que le llevaba, por poner otro ejemplo, a no ver una película más de una vez porque creía haberse enterado de todo a la primera, o a despreciar los conocimientos estrictamente filmográficos, es decir históricos, junto a otras convicciones que no hay tiempo de enumerar ahora, le sublevaban a quien esto escribe, y en rebatirles invirtió buena parte de sus esfuerzos didácticos, sin resultado aparente.

Sin embargo, pronto pudimos descubrir que tamaño escepticismo tenía mucho de coraza protectora para entrar o salir de un campo considerado, en el fondo de su ánimo, como ajeno, sin que él mismo supiera muy bien porqué. Confesaba haber acudido a la Escuela con la esperanza primordial de ver las películas que la censura no dejaba disfrutar a los simples mortales, más que por aprender el oficio de hacerlas. ¿Pero tamaña molestia no implicaba a contrario sensu, un interés sustancial por el hecho peliculero?.

Luego, enseguida también, adiviné que pese al escepticismo, allí alentaba una personalidad cinematográfica de primera magnitud, y con una sorprendente cualidad poética encima, habida cuenta de los presupuestos racionales que pudieran conformar, en teoría, la imaginación del interfecto. A la hora de inventar, nuestro educando se contradecía y, por debajo de cuanto inventaba, crujía la emoción.

Así que, a mi vez, aprendí a no tomarle demasiado en serio. O lo que es lo mismo en términos creativos, a admirarle profundamente. Lo cual no implica que no siga temiendo por él en cada nueva aventura que emprende. Como corresponde al maestro Ciruela que uno sigue siendo.

GLOSA

Torrelavega EN EL CINE

Una persona como Manuel Gutiérrez Aragón no sólo merece este reconocimiento del Grupo de Opinión Quercus que le elige Torrelaveguense Ilustre, torrelaveguense célebre y popular, sino que merece todos los importantísimos premios y distinciones que le han concedido por su magnífico trabajo de hombre de las artes escénicas y de la dirección. Trabajo que desarrolla también al frente de la Sociedad General de Autores de España, entidad en la que ha conseguido logros importantísimos para los creadores españoles.

Estos merecidísimos premios y galardones los obtiene por su trabajo, por su prestigio y por sus creaciones cinematográficas. Pero hoy, aquí en Torrelavega, queremos rendirle este reconocimiento, además de por todo eso, por ser una de las personalidades nacidas, criadas y educadas en esta ciudad que más se enorgullece de serlo y de proclamarlo. La personalidad de Manuel Gutiérrez Aragón tiene múltiples y variados matices, pero entre todos, el que más destaca el Grupo de Opinión Quercus, es el que siempre recuerda sus origenes, sus gentes, sus amigos, sus profesores iniciales; en definitiva, su ciudad.

Gutiérrez Aragón prestigia esta ciudad. Con él Torrelavega llegó al cine y eso quiere decir estar en la historia de nuestras pantallas. Con Manuel Gutiérrez Aragón tiene Torrelavega un torrelaveguense universal.

Unido para siempre a esta ciudad por nación, familia y voluntad. Siempre atento y dispuesto a enseñar y a promocionar todo lo relacionado con el cine y la creación. Un instituto de la ciudad lleva merecidísimamente su nombre y los premios de guiones y cortos Gutiérrez Aragón sirven de proyección a todos aquellos jóvenes de la ciudad y de fuera de ella, que se inician en el noble oficio del séptimo arte.

Por su extraordinaria carrera cinematográfica, por la pluralidad de su personalidad, por su compromiso social, por su civilidad torrelaveguense y por sentirlo y proclamarlo, el Grupo de Opinión Quercus le elige como Torrelaveguense Ilustre 2000.

Como muestra de nuestra admiración y afecto recibe el símbolo de nuestro grupo, El Roble, y para que, como los grandes robles, sigas siendo símbolo de sabiduría y resistencia, y así seguir disfrutando de tu presencia, del arte de tus imágenes y de la emoción de tus historias..

Grupo de Opinión Quercus- Enero 2001
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